
....El cerebro estaba ya como una cafetera y el día no había hecho más que comenzar. Aquello era una guerra constante. Volverían a llegar tarde al trabajo. Ordenó de mala gaita a los brazos que tiraran con fuerza de las puertas del armario, aunque se rompieran en el intento, y que sacaran de una vez aquel maldito traje azul oscuro. La puerta del armario se echó a temblar y esperó con resignación el tirón final.
Aquello era más de lo que podían soportar las delicadas uñas. Primero dos horas bajo el agua caliente de aquella maldita alcachofa que se empeñaba en lustrarlas cada día, por su bien, y que sólo conseguía ablandarlas y deslucirlas. Y ahora las ponían a escarbar entre la ranura de la puerta sin ningún tipo de comedimiento; con lo finas que eran ellas rebajarlas a semejante labor; decidieron protestar rompiéndose, sin avisar ni nada. Así aprenderían a tratarlas con la consideración que merecían.
Las manos soltaron la madera automáticamente mientras el nervio conducía el dolor a toda velocidad hasta el cerebro, –paaassooooo –repetía con urgencia, apartando todo en su carrera, -paassooooo-; a la llegada del mensaje la masa gris y fofa que ejercía de coordinador ordenó gritar a la garganta. Los dedos se lanzaron entonces rápidamente hacía el interior de la boca, buscando el consuelo de la saliva, mientras la lengua profería un juramento de forma automática. Las uñas estaban orgullosas de su hazaña; después de tanta guerra matutina, ellas sólitas, insignificantes y olvidadas como estaban por todos, sin valor ninguno -según cotilleaba a menudo nada menos que el inútil del codo izquierdo-, habían conseguido que todos quedaran inmóviles y callados en un santiamén; esperando asustados la reacción del mister, gris y arrugado.
El cerebro ordenó a las manos cerrarse y golpear las puertas del armario en un intento de canalizar la energía producida por el dolor. Y las puertas terminaron por pagar, como muchas otras veces, los platos rotos.
Soltaron entonces el pomo los trajes y el armario se abrió dócil y resignado, mientras las puertas rezongaban acordándose de todos los familiares de los demás, por pelear sin cesar y hacer que fueran ellas, en demasiadas ocasiones, las que terminaran por recibir la reprimenda. Las manos también protestaban por lo bajo, haciendo saber al armario al completo que también ellas eran víctimas de aquella guerra. –No os quejéis –susurraban- que nosotras tenemos que quedarnos ahora, además de con el golpe, con la lesión en las uñas.
El traje se enfundó en silencio encima de la piel y todos salieron sin rechistar por la puerta de la calle; castigados sin desayunar, una vez más, dada la hora que era ya.
-Parece que hoy vamos muy calladitos a nuestros quehaceres- reían socarrones los charcos de la calle- al ver pasar a la fúnebre y callada comitiva.
Fue uno de los pocos momentos en los que todos estuvieron de acuerdo en algo; ojalá que el cerebro que les había tocado en suerte fuera un poco menos arrugado y gris y ordenara bailar a los pies, sin comedimiento ni vergüenza, encima de los charcos. No por alegría o desinhibición, como habían deseado siempre, sino por venganza, para fastidiar a ese agua, sucio y burlón, que no paraba de carcajearse de ellos desde su suelo de baldosines.
Los ojos fueron los únicos que pudieron responderles con una furibunda mirada....CONTINUARÁ.
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